El frenesí y los monarcas de lo absurdo

.

Por Gabriel Torres Espinoza

El año 2009 termina y para muchos comienza la bonanza del 2010, año en que el PRI inicia el Gobierno municipal en toda la Zona Metropolitana de Guadalajara. La pelea por alcanzar un pedacito del pastel que se reparte ha llegado a niveles nunca antes vistos. Los nuevos alcaldes priístas parecen gobernadores. Las presiones que reciben para que incorporen a recomendados en sus anchas nóminas corresponden con las de un Gobierno estatal. Todo el PRI quiere emplearse nuevamente en Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá. Como reza la canción de Britney Spears,  You want a piece of me. Los priístas quieren una pieza de los nuevos ayuntamientos.

Se advierte un sobre dimensionamiento de los cargos en las siguientes administraciones municipales. Lo que se reparten son direcciones, unidades, coordinaciones y las expectativas son como si se tratara de Secretarías del Gobierno del Estado. Tal vez parte del frenesí por conseguir un espacio en los  ayuntamientos que comienzan en enero se deba a que estos terminan en 2012 y son, cada uno, aspirantes naturales a la gubernatura. Así las cosas, conseguir incorporarse a la administración municipal es como tomar un crucero de la felicidad que podría hacer una pequeña escala en 2012 para darse a la mar por otros seis años.

La desesperación de los cuadros priístas y de los reconvertidos en priístas es, en realidad, por conseguir un boleto de tres años, canjeable por otro de seis. Se pretende asegurar nueve años de empleo bien pagado y sin mucho esfuerzo, como lo son los cargos burocráticos de gobierno, con muy raras excepciones. Para estas cuentas alegres es un hecho que el PRI ganará la gubernatura y se da también por sentado que cada uno de estos alcaldes es un prospecto viable para gobernador. Se asume que necesariamente el candidato del PRI deberá salir de estos ayuntamientos.

Los próximos ayuntamientos no seguirán, por lo que hasta hoy se observa, ninguna diferencia sustancial con los panistas en cuanto su método de reclutamiento de recursos humanos. El compadrazgo, el amiguísimo, la recomendación y la afinidad partidista serán los criterios base para incorporarse al reparto del botín. Se trata de un método de repartición de cargos públicos entre los partidarios de un candidato triunfante en la lid electoral, que aplican al llegar poder. Se consideran a la burocracia como una suerte de ?botín? de guerra.

En el reparto del ?botín? se conceden verdaderas canonjías que se distribuyen entre los miembros del partido o amigos del candidato electo, como premios por su desempeño o aporte económico a la campaña electoral. Este comportamiento inevitablemente nos hace recordar el derecho de despojo que se otorgaba a los soldados como premio por la victoria en el campo de batalla; un derecho del guerrero, y al mismo tiempo, su principal incentivo para empuñar las armas.

Cuando se integra un gobierno ?municipal en este caso? bajo el sistema de botín, la administración y la burocracia se vuelven el fin y no el medio. La hipótesis de que con más normas se dirige mejor llega al exceso de sobre regular los procesos hasta  convertirlos en lentos y tortuosos. La sobre reglamentación, es bien sabido, lleva a la trasgresión sistemática de las normas. En una institución sobrereglamentada con frecuencia ocurre que, por la vía del desacato, del abuso de atribuciones, del incumplimiento de las órdenes o de la resistencia pasiva, se produce una arbitraria interferencia de los burócratas en los designios de quien gobierna una institución, de modo que la autoridad de éstos se ve suplantada por la de los burócratas. 

Florece un nuevo estamento o clase: los tramitólogos. Éstos convierten al papeleo, las ventanillas, el llenado de formatos y el intrincado sistema de administrar lo público en un modo de vida del cual ellos son activos indispensables. Sólo ellos podrían desenredar la compleja madeja de procesos, trámites e instancias que ellos mismos han creado para justificar su eficiente existencia.

Podríamos decir que los tramitólogos son los más altos dirigentes del no. Aquellos especialistas en encontrar el pretexto para negarse a ejecutar un trámite o agilizar un proceso. Expertos en todas las formas para retardar, hacer esperar, ocasionar vueltas y vueltas de los usuarios y exigir la mayor cantidad de documentos posibles que en su mayoría son innecesarios para un proceso. Perfectos peritos de los flujogramas de administración y conocedores a detalle de cada reglamento, manual o estatuto para aplicarlo en el momento exacto que evite que las cosas se hagan rápido y de forma sencilla. Operan contra el sentido común de las cosas basados en normas o reglamentos absurdos que han creado para garantizar su existencia y forma de vida.

Bajo estas condiciones la marcha de las instituciones se torna lenta, complicada y engorrosa. Los trámites suelen sucumbir bajo toneladas de papeles, firmas, controles y contracontroles. Se diseñan formatos, autorizaciones, oficios y muchas instancias que intervengan en el proceso para que éste tarde lo más que sea posible. Requieren de un ejército de personas para hacer las cosas igual o peor.

El usuario se rinde por cansancio a los pies de estos monarcas de lo absurdo. La burocracia engorda y las mejores iniciativas de quien dirige se frustran por la ley del menor esfuerzo. Los medios se convierten en fines y los fines institucionales no se alcanzan. Los intentos por simplificar la administración pública se caracterizan por ser procesos muy delicados pues afectan de forma directa a valores e intereses fuertemente arraigados dentro y fuera de las instituciones, y en esa medida, los obstáculos y resistencias a superar son grandes para quien pretenda agilizar, simplificar, adelgazar la burocracia y atentar contra el modo de vida de los expertos en encontrar cómo las cosas no se hagan, de los monarcas de lo absurdo.

El servidor público municipal debe considerarse como el agente central de una transformación administrativa para promover el cambio estructural y orientar eficazmente su labor a servir mejor a la comunidad. El servidor público municipal, al ser el gobierno más cercano al ciudadano, debe ser capaz de superar intereses personales, de grupo o filiación política y actuar apegado a un auténtico espíritu de servicio. Que los siguientes alcaldes logren responder a las expectativas que han generado depende en buena medida de su equipo de colaboradores, mismos que, hasta ahora, se observa están muy lejos de seleccionarse bajo criterios distintos a los ya conocidos, con los también sabidos resultados que ello traerá consigo.

gabtorre@hotmail.com"gabtorre@hotmail.com

Profesor Investigador en la Universidad de Guadalajara